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domingo, 7 de abril de 2013


INUNDACIONES, DESIDIA, IMPROVISACIÓN E IMPONDERABLES

         Mucho dolor y sensación de impotencia, es lo que los argentinos sentimos ante las amargas consecuencias de las últimas lluvias en Buenos Aires y Capital Federal.

Más allá de las urgencias para dar ayuda y aliviar los dolores y sufrimientos de las multitudes de compatriotas afectados (incluyendo a los compatriotas de la Patria Grande que viven en nuestro suelo), lo razonable y que debería corresponder en un país organizado con lógicas pretensiones de grandeza, es analizar con total objetividad y rigor científico cuanto pudo haber de imponderable, de imprevisibilidad o de en cierto modo inevitable; y cuan significativos pudieron ser las causalidades provocadas por la desidia, la improvisación y la carencia de planificación.

Entre la multitud de opinólogos de toda laya (incluyendo en estos a los activistas del ecologismo ultra –revestidos de cierta ampulosa “seriedad” hueca al momento de “dar sus veredictos” de dudosas bases científicas-), algunos pocos analistas serios y dotados de los conocimientos necesarios, suministraron algunas pautas como para intentar entender con objetividad las causas reales de tan brutal desmadre de los acontecimientos, que tan costoso en vidas, bienes y dignidad humana resultó.

En ambos casos (Capital Federal y La Plata), parecerían brillar por sus ausencias los medulosos análisis y evaluaciones que con fundamentación científica deberían provenir de organismos técnicos estatales que den sus veredictos, no solo para deslindar responsabilidades –que las hay sin duda-, sino también para evitar las reiteraciones de estas catástrofes; las cuales en un marco de planificaciones científicas y de las consecuentes obras y acciones, deberían impedir o al menos morigerar en grados acentuados estas desgraciadas y dolorosas realidades. Inclusive deberían existir rigurosos protocolos de acciones preventivas, a desarrollarse automáticamente ante futuros pronósticos de otros fenómenos meteorológicos, los que sin duda se repetirán.

Las causas reales de las enormes magnitudes de esas catastróficas inundaciones seguramente son múltiples, pero de ningún modo puede aceptarse que se apele a la justificación fácil de la poco frecuente magnitud de las lluvias…”solo comparables con otra de un siglo atrás”. ¡Si sucedió, con seguridad volverá a suceder, e incluso cabe analizar si no podrá suceder con aún mayor intensidad!

Es de improvisados e irresponsables, cuando no de incapaces de ejercer delicadas funciones públicas, escudarse en tan endebles argumentaciones. ¿Acaso no se sabe que las obras –en este caso las de evacuación de los torrentes pluviales- deben preverse con un generoso margen que permita hacer frente a fenómenos de gran magnitud? ¿Desconocen los ingenieros, arquitectos y planificadores urbanos, intendentes y concejales, que las grandes obras se planifican para soportar fenómenos de intensidad poco frecuente, pero previsible? Por caso, las hidroeléctricas se planifican analizando las magnitudes esperables de las crecientes decamilenarias. ¡Nunca con el estrecho horizonte de un siglo, o poco más!

En el caso de la Capital Federal (no me gusta el ampuloso concepto de CABA, con fuerte tinte de anacrónico unitarismo, ni el de “Jefe de Gobierno” para diferenciar de sus pares a un simple intendente), ante las sucesivas y muy seguidas repeticiones de absurdas inundaciones, la culposa inacción agregada a la absurda falta de priorización de las obras necesarias, al ejecutarse otras de indudable menor importancia (o gastarse la plata en banalidades, como la carrera en el circuito urbano), resulta un cuadro patético que no admite discusión lógica alguna. Seguramente eso se agravó ante la falta de limpieza de alcantarillas y otras desidias similares, y posiblemente por carencia de planificación edilicia, cuando no por cegar espacios verdes. Y el “ofrecimiento de ayuda” a la provincia de Buenos Aires, en medio del irresuelto caos de la Capital Federal, resultó patético…

En La Plata y aledaños, es imperativo conocer cuanto del desastre pudo ser causado por deficiencias de limpieza –desidia inadmisible-, cuanto por insuficiencia de la red de desagote u otras falencias de infraestructura, o eventualmente por haberse invadido con construcciones las periferias de cauces naturales, tal vez por haberse cegado espacios verdes con cemento, u otras causales.

Cabe recordar que el correcto y bien planificado accionar humano, pudo impedir o morigerar en grados considerables, a las inundaciones que recurrentemente afectan a otras partes de nuestro territorio nacional.

Por caso, las obras de protección de la ciudad de Resistencia y aledaños, han salvado a la capital chaqueña de las inundaciones que antes eran inevitables; la limpieza y seguramente mejoras en los canales de evacuación mejoraron las condiciones de parte de la provincia de Buenos Aires; la gigantesca represa de El Chocón terminó con las crónicas inundaciones que castigaban al Alto Valle del Río Negro y tramos sucesivos del mismo río; las antes recurrentes crecientes del Paraná afectaban viviendas costeras en Posadas, obligando a movilizaciones, a crear albergues transitorios en clubes y escuelas, y a reponer frazadas, colchones, etc., mientras que hoy con la regulación del río y las obras realizadas por cuenta de Yacyretá, aquellos problemas perdieron recurrencia y parecen cosas del pasado.

Mientras que en la inundación de la ciudad de Santa Fe, confluyeron negativamente las supresiones de los aforos (mediciones) del caudal de los cursos superiores del río Juramento  - Salado (lo cual es imputable a la negligencia culposa de Marijú Alsogaray y sus acciones antihidroeléctricas, y a no remediarse ello posteriormente); a lo que se sumó la falta de terminación de las obras de endicamiento para proteger a esa ciudad.

En el caso de las inundaciones del año 2012, en los ricos campos del sur santafesino, entre otras causas fue evidente que las trazas de rutas con sus grandes terraplenes (necesarios sin duda), sumados a la exigüidad de las obras de desagües o alcantarillas (falencias de previsiones), taponaron los drenajes transformando a los terraplenes viales en diques que aumentaron los efectos negativos de las fuertes lluvias.

Planificación, bases científicas previas a las obras, y buena gestión en esos temas específicos, parecen ser las ineludibles acciones pendientes para evitar similares desgracias futuras.

 

C.P.N. CARLOS ANDRÉS ORTIZ

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