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jueves, 2 de marzo de 2017

PARALELISMOS DESTRUCTIVOS – 1930, 1955, 1976, 1989-2001, 2015 ¿?
La industria automotriz, por su gran efecto multiplicador, por ser una rama industrial de media/alta complejidad, y por la importancia estratégica que sin duda posee, permite ejemplificar acerca de la notoria continuidad de las políticas antiindustriales de los sucesivos gobiernos dogmáticamente liberales en lo económico y cerradamente conservadores en lo político, que hemos padecido en nuestra relativamente breve historia del siglo XX y lo que va del XXI.
2017 arrancó con la nada alentadora noticia de la cancelación definitiva de las producciones de cuatro automóviles de la gama inicial, de bajas cilindradas y precios relativamente bajos, las cuales fueron reasignadas a plantas industriales brasileñas. Ese tipo de autos es precisamente el de mayor venta, pues es el de entrada a la motorización, o eventualmente el segundo auto de familia, de bajo consumo y económico mantenimiento.
Que el Chevrolet Classic, el Agile, el Peugeot 207 y el Renault Clio se hayan dejado de producir en Argentina, implica no solo los consecuentes despidos o suspensiones en las terminales automotrices, sino que también afecta a toda la cadena de proveedores nacionales de diversos insumos y servicios vinculados con esas líneas de producción.
Una muy mala noticia, que por cierto no puede ser atemperada por las producciones de algunos modelos nuevos, que ya estaban en marcha desde 2015 o antes, pues es sabido que producir un nuevo modelo puede insumir un período de tiempo de más de un año, incluso dos o tres. Es el caso del auto de alta gama de Chevrolet (Cruze) y de tres nuevos modelos de camionetas grandes, de tres marcas distintas (Mercedes Benz, Nissan, Renault), que por acuerdos interempresarios serán fabricadas en Santa Isabel, Córdoba. Ese mérito seguro buscará ser asumido por quienes no lo han forjado, pues las producciones locales del auto mencionado como del verdadero cluster productor de vehículos livianos de carga, fueron decidas a consecuencia de la aplicación de medidas económicas industrialistas, compatibles con el llamado “capitalismo de Estado” durante el cual alcanzamos a ser uno de los grandes exportadores mundiales de ese tipo de vehículos; modelo económico cancelado desde que se reimpuso el crudo neoliberalismo industricida actual.
Con esos cierres de producciones, cesaron casi por completo las
fabricaciones nacionales de autos chicos, que son –repitámoslo-, los de mayores volúmenes de ventas en cualquier mercado con funcionamiento medianamente lógico, que no es el caso argentino actual, que sufre un empobrecimiento masivo, una fuerte concentración de la riqueza en muy pocas manos, la caída muy acentuada del PBI y la desjerarquización productiva general que es consecuencia de la desindustrialización forzosa a la que estamos siendo sometidos; motivos por los cuales los importados suntuosos y las grandes camionetas doble cabina, más algunos modelos locales de alta gama, aumentaron sus ventas. Vehículos cuyos consumidores están dentro del estrato socio económico muy alto.
En ese contexto se da la incoherencia total (que no es impericia del equipo gobernante, sino intencionalidad destructiva manifiesta, para encorsetarnos en el subdesarrollo preindustrial), que muestra como mientras que en este año se recuperan los volúmenes de ventas de automotores, al mismo tiempo caen los guarismos de producción.
En castellano claro y simple, la demanda interna de automotores está siendo abastecida crecientemente por importados, en su mayor parte de industria brasileña, pero también mexicanos, chinos, alemanes, y –en demérito de la suicida apertura importadora total- provenientes de muchos otros países. O sea, a costa de los despidos de operarios y profesionales argentinos, estamos financiando y promocionando producciones y sueldos del extranjero.
Cabe acotar que el actual pico de crecimiento de las ventas de automotores (de importados, básicamente), muestra porcentajes muy altos, por la comparación con los desastrosos primeros meses de la aplicación de actual destructivo modelo neoliberal recargado; pero por cierto está lejos de los altos índices de producción y ventas de años precedentes; años en los que la producción nacional llegó a rozar el millón de automotores anuales.
Si bien, como con notable profundidad de análisis dijo el Contador y Periodista Hugo Presman, el actual gobierno neoliberal vino a “desempatar” la lucha entre liberales a ultranza y el amplio sector del Pensamiento Nacional, buscando destruir todo vestigio de auténtico patriotismo; o sea que están dispuestos a llevarse todo por delante, practicando la política de tierra arrasada sin importar costos ni escatimar engaños y falsedades. Igual no deja de ser muy interesante analizar, así sea sintéticamente, las acciones de anteriores períodos de gobiernos crudamente liberales, tomando a la industria automotriz como el caso testigo.
En las primeras cuatro décadas del siglo XX, de la mano del crecimiento económico sin desarrollo, que era consecuencia del modelo agroexportador, Argentina era uno de los principales mercados importadores de automotores del mundo; incluso según referencias, habría sido el principal comprador de automotores con volante a la derecha, a consecuencia de la circulación por izquierda (resultado de la influencia británica), vigente hasta 1945. En los años ’30, más allá de algunos procesos de ensamblaje de Ford (que montó en Argentina la primera planta fuera de EEUU) y de General Motors, hubo algunos meritorios emprendedores que llegaron a construir modelos propios, íntegramente nacionales, en bajísimas cantidades, que nunca pudieron transformarse en industrias en serie, ante la apatía total del establishment ultra liberal oligárquico agro ganadero, que no brindó ningún apoyo y que por el contrario seguramente se solazó al ver extinguirse esas iniciativas tecnológicas e industrialistas.
En las primeras tres a cuatro décadas, el sector de mentalidad nacional del Ejército (siempre enfrentado con sectores internos crudamente liberales, como lo fue el General Justo), pese al contexto político desfavorable, fomentó el desarrollo industrial y tecnológico, con importantes logros, como aviones de entrenamientos íntegramente nacionales, acero, armamentos, y materiales de uso civil. Esa mentalidad industrialista del Ejército, fue casi totalmente anulada desde 1955, y sobre todo desde 1976; pero esto ya es otra historia.
El golpe de Estado probritánico, oligárquico y ultra liberal de 1955, bajo pretextos de “complicidad con el peronismo”, hostigó a Mercedes Benz (que había concretado en Argentina la primera planta productora fuera de Alemania), la cual luego de procesos iniciales de ensamblaje de los pequeños y robustos MB 170 Diesel (taxis de Buenos Aires por largos años), se disponía a fabricar en Argentina camiones frontales y chasis para ómnibus, semi pesados. Ante las agresiones verbales y otras burdas acciones de hostigamiento, de los obtusos altos militares de “la fusiladora” y de sus instigadores civiles; Daimler Benz A.G. (nombre de la casa matriz germana) desvió esa inversión hacia Brasil. Poco después, importábamos los camiones y ómnibus que la firma alemana planeaba producir en Argentina. ¡Miopía estratégica crónica y visión enana de la oligarquía vernácula!
Pese a esas absurdas trabas de la oligarquía retrógrada, con los impulsos iniciales del peronismo, que mediante fábricas estatales primero, varios emprendedores locales y dos inversiones privadas después (IKA y Mercedes Benz), se comenzó a producir automotores en escalas industriales; y con la fuerte política de estímulo a las inversiones industriales implementadas por el desarrollismo del gobierno de Frondizi, la industria automotriz argentina se desarrolló y llegó a consolidarse, con crecientes y altos porcentajes de integración nacional; si bien persistían ciertos inexplicables condicionamientos, que por ejemplo nos vedaban la producción de vehículos pesados de carga y buses de larga distancia.
Contra todos los pronósticos de aplicación cruda de “recetas” liberales antiindustrialistas, el golpe de Estado de 1966 (la autodenominada “revolución argentina”), tuvo una mezcla heterogénea de medidas económicas, incluyendo un muy vasto plan de obras públicas y un fuerte estímulo a la industrialización, sobre todo en los dos primeros tramos (gobiernos de Onganía y Levingston), lo cual en buena parte pudo ser consecuencia del rol planificador protagónico que tuvo el gran estratega, el General Guglialmelli, imbuido de ideas desarrollistas y con fuerte perfil nacional e industrialista. En ese contexto, se tomó la decisión de producir en Argentina vehículos livianos todo terreno para uso militar (los Unimog), así como camiones medianos y pesados de doble y triple tracción; además de camiones civiles de carga pesados, concretándose las inversiones de Fiat y Deutz, para fabricar camiones de gran potencia. Después, al absorber a nivel mundial, Fiat a Deutz, cesó en Argentina la producción de camiones Deutz, por lo que pocos años después se instaló en Tucumán la planta de Scania, integrada a la producción brasileña, o sea producción local de algunos componentes valiosos (transmisiones y otros) y ensamblado de camiones en nuestro país.
Fue en esos años, y sobre todo durante el breve tercer gobierno peronista (1973-1976) que la producción industrial en general, y muy particularmente la automotriz, alcanzó récords de producciones y logró muy altos niveles de calidad, con integraciones de componentes nacionales superiores al 90 %, llegándose en algunos modelos al 100 %; además de lo cual las exportaciones a Íbero América fueron crecientemente importantes.
Pero irrumpió el siniestro “proceso” en 1976, y con la cobertura de las bayonetas, cooptadas por el por entonces flamante neoliberalismo, Martínez De Hoz, sus “Chicago’s Boys” y sus sucesores, emprendieron con saña feroz y total falta de patriotismo, la tarea de hacer involucionar social y económicamente a Argentina a las tenebrosidades feudales del modelo agroexportador anti industrial, que había sido impuesto por el mitrismo desde mediados del siglo XIX.
El período de seis décadas largas de liberalismo económico y exclusión social, fue impuesto por Mitre después de Pavón, bajo el rótulo pomposo de Organización Nacional; años en los cuales bajo formalidades independientes, operábamos como colonia político – económica británica, con la complacencia de las ahítas y todo poderosas oligarquías agro ganaderas.
Por eso, no fue casual que Videla y sus acólitos, con las oligarquías ultra conservadoras “endulzándoles” los oídos, hayan autodenominado a ese golpe de Estado como el Proceso de Reorganización Nacional, como autoproclamados sucesores “naturales” del mitrismo.
Bajo la pantalla de la “lucha contra la subversión marxista”, el verdadero enemigo al que pretendían pulverizar, era el peronismo, y con él, barrer todo vestigio de políticas de gobierno activas, inclusivas, industrialistas, y con contenido social y popular.
Para ello, se dieron a la tarea de desarticular la industria, no solo por no ser afín al “libre cambio” ultra liberal y la perversa doctrina de “producir de acuerdo a las potencialidades naturales” (excusa pseudo científica para atornillarnos a la producción primaria pampeana), sino también para desarticular al por entonces poderoso sector obrero, en su mayoría “incómodamente” peronista –con matices- en su gran mayoría.
Con las “recetas” habituales de los liberales, se dieron privilegios y “negocios fáciles” a riesgo cero, a los especuladores financieros, con apertura de importaciones, quita total a todo estímulo a las exportaciones industriales, congelamiento de salarios, achicamiento brutal del Estado, destrucción o privatización de los entes y empresas del Estado, y acciones similares; todo en el marco de severas represiones, que incluso hicieron desaparecer a muchos de los que osaran oponerse a ese modelo socio económico, como dirigentes gremiales, empresarios, intelectuales, etc., casi todos ellos sin vestigio alguno de ser “izquierdistas” ni “subversivos”.
Es que el obrero industrial, por lo general bien pago, protegido por su sindicato, agrupado en grandes unidades productivas que como efecto secundario no deseado por ciertas élites oligárquicas, favorecen la interacción y eventuales acciones de defensa de los salarios y las condiciones de trabajo; en todo ese contexto pasa a ser un problema casi insoluble para sectores poderosos de mentalidad feudal, acostumbrados a cosificar a sus peones y mantenerlos sumisos e indefensos. Para esos poderosos, los obreros industriales son “malos ejemplos” que desean erradicar al como sea, sin importar si con ello se llevan puesta a toda la estructura industrial y nos subordinan como dóciles colonias de las potencias tradicionales (América del Norte, la Unión Europea y Japón), o en el futuro cercano a otras potencias con similares apetencias colonialistas.
En ese contexto, el neoliberalismo del “proceso”, de un plumazo y de la mano del ruralista Martínez De Hoz, cerró la fábrica estatal de los utilitarios Rastrojero, que eran íconos de la producción nacional. Y lo hizo cuando estaban comenzando a producir variedad de modelos, sobre la base remozada del tradicional utilitario liviano, cancelando un automotor de cuatro puertas, pensado como taxi o vehículo familiar, y una versión 4x4 del utilitario, de simple y doble cabina.
Pero fueron más allá, pues a comienzos de los ’80, por primera vez desde que se promocionó la industria automotriz, se autorizaron importaciones masivas de vehículos, que inundaron el mercado argentino, ya reducido antes a consecuencia de los bajos salarios y la concentración de la riqueza.
Rápidamente, de una producción anual que rozó las 500.000 unidades anuales a mediados de los ’70, se involucionó a poco más de 100.000 unidades, e incluso hubo severos riesgos de quedarnos completamente sin esa dinámica rama industrial.
En los años ’90, con los mismos economistas que hoy achican la economía, se achicó acentuadamente el porcentaje de integración nacional de los automotores producidos localmente, a la vez que varias plantas dejaban de producir camiones (Chevrolet, Ford, Dodge, Mercedes Benz), sea por cierres de plantas, o por trasladar sus producciones, parcial o totalmente a Brasil. La oligarquía campera, satisfecha; los mercenarios de la comunicación y de la economía, exultantes. Volvíamos a ser un “país normal” casi solo agro ganadero, ahora con el agregado de la minería, pero con la industria en proceso de agonía irreversible.
Con el país en proceso de disolución, con la severísima crisis de 2001/2002, inducida por los grandes poderes financieros, casi de milagro sorteamos un caos descomunal, e impensadamente nos recuperamos muy rápidamente, al implementarse medidas socio económicas de claro perfil keynesiano, con un Estado Nacional activo e involucrado en el desarrollo.
Recuperamos ramas industriales extinguidas en los años ’90, creció todo el aparato industrial y se fomentó el desarrollo tecnológico, incluso en sectores de punta, como el nuclear, el satelital, el de vectores de satélites (cohetería), genética, medicina, nano tecnología, electrónica, etc.
Dentro de ese contexto de desarrollo integral, se recompuso fuertemente la industria automotriz, generándose muchas y variadas inversiones, si bien el sensible tema de las autopartes, solo se reconstituyó parcialmente, continuando los altos porcentajes de insumos importados, consecuencia remanente de los años ’90. 
Un tema importante fue la rápida reacción estatal, cuando la aspirador de inversiones que es Brasil casi tuvo como consecuencia el cierra de la planta local de camiones pesados Iveco, lo cual no solo se evitó al implementarse una línea de créditos blandos, del Banco Nación, exclusiva para camiones de industria argentina, lo cual evitó el éxodo de Iveco, y motivó a Mercedes Benz a volver a producir acá camiones medianos y semi pesados, además que facilitó la instalación de Agrale, para producir chasis para ómnibus urbanos.
Vuelto al poder el neoliberalismo rampante, ahora en un gobierno de CEOs, en buena parte impuesto por el poder mediático, hemos vuelto a un proceso de involución forzosa.
Ante el prematuro agotamiento de un modelo destructivo, carente de lógica económica, queda abierto el interrogante si esta vez el establishment logrará su cometido de volvernos de bruces a la economía primaria del siglo XIX, o si volveremos a renacer, como el Ave Fénix.
Solo Dios sabe hoy la respuesta.
MGTR. CARLOS ANDRÉS ORTIZ
Analista de Temas Económicos y Geopolíticos

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