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viernes, 17 de enero de 2014


ALIANZAS ESTRATÉGICAS CON RUSIA Y CHINA -

CONSIDERACIONES GEOPOLÍTICAS, ECONÓMICAS Y ENERGÉTICAS

Toda estrategia de desarrollo nacional precisa consolidar alianzas sólidas con otras potencias, que aseguren una perspectiva de beneficiosos resultados para ambas partes. Sin perjuicio de ser positivo acrecentar buenas relaciones con todo el amplio y variado espectro de naciones que conforman la comunidad mundial de naciones, sin duda existen determinadas alianzas que bien desarrolladas pueden resultar sumamente beneficiosas a corto, mediano y largo plazo; evaluado ello por la importancia relativa de las altas partes rubricantes de las alianzas, por la existencia de intereses en común y/o amplias compatibilidades –sobre todo evaluadas desde la geopolítica-, y por los beneficios mutuos adicionales que son esperables de profundizarse los acuerdos y las políticas básicas de aspectos troncales con fuertes intereses en común.

En tal sentido, para nuestro país –Argentina- la prioridad principalísima es desde siempre nuestra región, entendida ella como Íbero América y la prolongación de la misma en la culturalmente variada región insular de El Caribe. Y por supuesto los organismos regionales: MERCOSUR, UNASUR, CELAC.

Sin perjuicio de ello, nuestra necesaria y permanente inserción en la geopolítica mundial, requiere la consolidación de sólidas alianzas estratégicas con Potencias de Primer Orden, para establecer y consolidar vínculos ampliamente beneficiosos en ambos sentidos, y que a nosotros nos permitan potenciar nuestro desarrollo socio económico y que faciliten sustentar y fortalecer nuestras prioridades geopolíticas.

De hecho, Argentina tiene mucho para aportar al realizar y profundizar acuerdos estratégicos con potencias de primer orden, por diversos factores que serían extensos de enumerar. Sintéticamente, somos la tercera economía de Íbero América; fuertemente excedentaria en diversas producciones primarias; con un interesante grado de desarrollo industrial y tecnológico; con buena inserción en nuestra región natural –Sudamérica, y en segundo lugar América Central y El Caribe-; con varias áreas económicas factibles de desarrollar acentuadamente; con un PBI considerable que nos ubica entre las primeras 25 naciones del globo; y con presencia activa en el G 20, que en los últimos años es el foro geopolítico mundial por excelencia, después del ámbito mayor de las Naciones Unidas.

Para consolidar esas alianzas estratégicas de largo plazo, obviamente cabe evaluar que en el marco mundial actual, existen grandes bloques regionales de gran peso económico y/o naciones de dimensiones continentales, cuyas importancias cruciales no pueden ser soslayadas. En ese contexto, es importante considerar la existencia de intereses en común con la posibilidad de acrecentarlos en beneficio mutuo, y la inexistencia de fricciones reales o potenciales en el ámbito geopolítico, de nuestro país con algunos de esos bloques o entes regionales de gran peso geopolítico.

Esos bloques político – económicos de primer orden, consolidados como tales o con perfiles fuertemente ascendentes desde situaciones relevantes, son: la Unión Europea, EEUU (y el NAFTA), China, Rusia, Japón, India y Brasil.

De esos grandes jugadores de la geopolítica mundial, el único con escaso territorio es Japón, pero su enorme peso económico y tecnológico lo hace muy relevante.

Por supuesto no cabe descartar que algunos de los otros Doce Emergentes (otros miembros del G 20, dentro de los que está Argentina), puedan en plazos históricamente breves, pasar a tener importancias mayores en el contexto geopolítico mundial, pero no en el corto plazo.

Entre esos actores político – económicos principales, existen según los casos, relaciones predominantes de cooperación o asociación entre algunos de ellos (UE-EEUU-Japón //Rusia – India // acuerdos entre los BRIC), de históricos recelos y/o cuestiones de límites latentes (China – India // China – Japón // Rusia – China // Rusia – Japón), y por supuesto notables enfrentamientos con sordina, que constituyen una reedición de la Guerra Fría, sin las consideraciones ideológicas en pugna de décadas anteriores, con tres actores principales (EEUU – Rusia – China) y al menos otro como aliado menor del primero (UE), con algunas disidencias internas entre sus principales componentes.

Con Brasil tenemos una sólida relación, como socios activos y como partes principales de los tres organismos regionales mencionados. La unidad fortalece a ambos socios principales de la UNASUR.

De los otros casos mencionados, el único plurinacional es la UE (a excepción del NAFTA, que es un caso especial, por la excluyente importancia en él de EEUU); en rigor la UE es un heterogéneo conjunto con notables disparidades de importancias relativas, un abanico de idiomas y culturas diferentes, con un puñado de líderes claramente diferenciados (Alemania, Francia, Gran Bretaña), y con un peso conjunto formidable, pero que no logra terminar de consolidar su unidad en varios aspectos, algunos potencialmente disgregantes.

Otro factor de suma importancia es considerar cuales de los principales actores geopolíticos integran en forma permanente el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, teniendo en consecuencia el poder de veto. La UE tiene tres economías principales, dos de ellas con poder de veto (Gran Bretaña y Francia), pero “la locomotora germana” es la que lidera en los aspectos económicos y financieros de La Comunidad; otro caso sui generis sin duda.

De los restantes grandes bloques político–económicos, solo tres comparten el derecho al veto en la ONU: EEUU, Rusia y China. Eso implica que esos tres bloques más la UE son los únicos que poseen esa formidable herramienta geopolítica, decisiva en las controversias fundamentales a nivel mundial.

El peso propio de cada bloque, en los aspectos político, económico y militar –o sea geopolíticos-; las proyecciones geopolíticas propias de cada uno de esos actores principales y las líneas de acciones evidenciadas; son otros factores a tener muy en cuenta para evaluar las tendencias y potencialidades de cada una de esos  potencias mundiales, en el tablero multipolar actual.

Otro hecho –este de importancia crucial para definir alianzas- es evaluar la existencia de áreas de fricciones o hechos confrontativos que existen con nuestro país. En tal sentido, nuestra relación con la UE tiene aristas sumamente conflictivas, no solo con las viejas y nuevas disputas de soberanía con Gran Bretaña (archipiélagos de Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur), y el asumido rol tutelar intromisivo de la hoy decadente potencia mundial en aspectos internos de Argentina, ya desde antes de nuestra independencia, conformando un lesivo caso de colonialismo económico largamente mantenido en el tiempo; sino también por el claro enfrentamiento por las reclamaciones de soberanía en La Antártida, continente en el cual el viejo y agresivo imperio reclama como propios los sectores sobre los cuales Argentina y Chile tienen no solo fundadas pretensiones sino también añejas presencias en el Continente Blanco.

Al respecto, es una realidad bien conocida que la UE ha hecho causa común con los reclamos colonialistas británicos, en contra de los muy bien fundamentados derechos de soberanía de Argentina. A tal punto ese hecho, que incluso naciones con las que nos unen fuertes lazos de afectos, como España e Italia (lugares de orígenes del 90 % de los inmigrantes europeos que poblaron nuestro país), han priorizado sus intereses “comunitarios” en desmedro de otros valores esenciales, como los fuertes vínculos históricos, afectivos y culturales latinos, que los relacionan con Íbero América, y en particular con Argentina. Y en el caso de España, olvidando deudas de gratitud, asumidas cuando generosamente Argentina donó grandes cantidades de alimentos esenciales, en la Segunda Posguerra, cuando la hambruna era un peligro concreto en la Península Ibérica.

Por otra parte, no constituyen temas menores las fuertes presiones de la UE, al igual que EEUU, por establecer convenios de “libre comercio” con la UNASUR, el MERCOSUR, y en particular con Argentina; que en realidad de rubricarse implicarán la claudicación de todo proyecto propio de industrialización y desarrollo tecnológico relevante argentino (y sudamericano), pretendiendo reeditar esquemas ultra liberales decimonónicos, cuya finalidad real es oxigenar las ralentizadas economías de la UE y de EEUU, a costa de nuestra involución al subdesarrollo crónico.

Queda muy en claro, que la ya vieja Comisión Trilateral (entente financiera y geopolítica de EEUU, UE, Japón), sigue vigente en los hechos, por lo que esos tres grandes bloques político–económicos siguen operando básicamente como aliados estratégicos. Ello no solo debe entenderse respecto a los casos friccionales (Malvinas, Antártida, etc.), sino en las presiones para reimponer esquemas ultra neoliberales, en este último caso en connivencia con el estabishment ultra conservador local, y sus alianzas internas supuestamente “progresistas” que operan como aliados fácticos de choque.

En ese contexto omnicomprensivo, es de importancia básica analizar que no existen áreas o temas esenciales friccionales, con Rusia, China e India.

Ninguna de esas potencias manifiesta políticas agresivas respecto a nuestra soberanía territorial, ni son agentes o impulsores de las Políticas Neoliberales, que tanto daño nos hicieron en décadas anteriores. Más aún, Rusia y China han sostenido en los foros internacionales, posturas afines a los sólidos planteos jurídicos e históricos de Argentina, respecto al irresuelto conflicto de soberanía en el Atlántico Sur, y no dejaron constancia de ambiciones territoriales en la Antártida Argentina.

Por otra parte, sobre todo Rusia y China poseen los recursos y los medios tecnológicos de avanzada, para ser socios estratégicos de largo alcance, para contribuir a materializar proyectos de gran relevancia geopolítica, en los sensibles campos de la energía, la industria en general y en particular áreas de muy alta tecnología (como aeronáutica, espacial, nuclear, armamentos y sistemas de defensa, elementos sanitarios de avanzada, etc.).

Es de elemental interés nacional argentino, que las apoyaturas tecnológicas no se limiten a esquemas de meras provisiones de equipos, sino a lograr las transferencias de tecnologías, producciones y desarrollos locales (argentinos) asociados, e incluso con participaciones de naciones socias y hermanas de la UNASUR.

El correcto desarrollo de estas políticas de colaboración, repercutirá sin duda en forma muy positiva tanto para esas grandes potencias mundiales, como para Argentina y toda nuestra región, en la cual nuestro país es un componente clave de integración, desarrollo y de relevante inserción tecnológica y cultural.

 

C.P.N. CARLOS ANDRÉS ORTIZ

INVESTIGADOR DE TEMAS ECONÓMICOS Y GEOPOLÍTICOS

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